Por madurez y fortaleza,
Boca es desmoralizante para los rivales. No los destruye
de manera fulminante, sino que los va desarmando con
paciencia y sabiduría. Sin desesperación,
con la seguridad y el convencimiento del que se sabe
mejor. Y que lo demuestra con la razón que
le da su funcionamiento y la autoridad que le conceden
sus triunfos en serie. Si esto no resulta suficiente,
basta echarle un vistazo a la tabla para verlo en
lo más alto, solo, con la firmeza del que llega
para quedarse.
.
Sin faltarle el respeto, Boca jugó con un voluntarioso
Vélez, que por la ansiedad de salir del mal
momento que arrastra vació en un tiempo el
tanque de sus energías. Y si hay algo que le
sobra al equipo de Bianchi es personalidad, capacidad
para interpretar lo que le demanda cada compromiso.
.
Sólo un muy buen equipo puede reponerse como
si nada le hubiera pasado después de esa primera
media hora inicial tan desfavorable. Porque había
que ver cómo Vélez lo empujaba con entrega,
lucha y determinación. Con poco fútbol,
es cierto, pero los locales volaban y ponían
cuerpo y alma en cada jugada. Boca no se inmutaba,
pese a que acumulaba señales negativas: iban
10 minutos y ni siquiera se había arrimado
al área de Sessa, que tocó la pelota
por primera vez a los 14, y sólo porque se
la pasó su compañero Arias. Y hubo que
esperar hasta los 20 para que Tevez se hiciera un
hueco para probar al arco por primera vez.
.
Anticipo, corte y a correr. Esa fue la fórmula
de Vélez, que, un poco por la motivación
que le daban las estadísticas ante Boca en
el Fortín y otro tanto por el amor propio para
salir del pozo en el que se encuentra, hizo un estandarte
del corazón caliente y los pulmones frescos.
Tanta vitalidad llevó el desarollo al campo
de Boca, que aún así no pasaba muchas
zozobras. Hasta que Burdisso se patinó ante
un pase profundo de Sena y le despejó el camino
para la entrada de Obolo, que resolvió en gran
forma: soportó la carga de Abbondanzieri y
definió casi desde el piso.
.
Hubo una versión apagada de Boca. Fue cuando
Cagna estaba impreciso, Cascini y Battaglia batallaban
sin rédito en el barullo del medio e Iarley
se entregaba a una posición intrascendente,
flotando sobre la derecha, sin ser volante ni delantero.
Un poco más arriba, Tevez y Barros Schelotto
sufrían en el riguroso cuerpo a cuerpo al que
lo sometían los defensores.
.
Pero Vélez se fue quedando sin mecha desde
los 30 minutos. Algo lógico, ya que costaba
imaginar que pudiera mantener semejante desgaste durante
todo el partido. Y la ventaja le despertó un
ánimo conservador que Ischia reforzó
con el ingreso de un defensor (Ladino) por un volante
(el lesionado Sena) para armar una línea de
cuatro.
.
Llegaba el tiempo de Boca, el momento para que impusiera
condiciones. Para que los volantes se ordenaran y
fueran la usina de recuperación y distribución;
para que Tevez demostrara que es tan guapo para soportar
patadas como incontrolable cuando aguanta la pelota
y encara. El delantero empató tras un clásico
enganche y remate bajo; tuvo otras dos ocasiones y
enloquecía a defensores que antes eran impasables
y ahora parecían principiantes. Vélez
se había fundido, más allá de
que Gutiérrez fue el último en entregarse
y generó un contraataque que Abbondanzieri
le tapó a Obolo.
.
Boca era mucho más, fuera con la pelota en
movimiento o detenida. Lo demostró con los
cabezazos de Schiavi, que le ganó a su marcador
Pellegrino tras dos tiros libres de Barros Schelotto.
Aquella superioridad de Vélez quedó
como una anécdota o un espejismo. Boca está
en otra dimensión, más real, tan fuerte
e importante como la de ser ganador y puntero: la
de dar imagen de imbatible.
FUENTE: Diario
La Nación
VOLVER
A APERTURA 2003 |