Editorial extraído del Diario La Nación
del jueves 16 de junio de 2005.
Razones puramente deportivas ya determinaron que
Boca no disputará la próxima Copa Libertadores.
Por esa vía, de manera indirecta, se hará
justicia con los gravísimos incidentes de anteanoche, ya que
por lo vivido en la Bombonera se justifica que Boca tenga un año
en blanco para poner las barbas en remojo y hacer un profundo examen
de conciencia.
Se trata de una situación de la que el deporte
argentino en general tampoco debería desentenderse, sino tomar
las enseñanzas del caso para devolver a las competencias a sus
cauces naturales, esos que sólo enfrentan y miden capacidades
físicas, técnicas y anímicas. Y que merecen ser
disfrutadas desde una tribuna, sin histerias ni desbordes pasionales.
No está bien que el fútbol siempre
dé revancha, sobre todo cuando se pierden la dignidad y el decoro,
un capital que siempre será más importante que un circunstancial
resultado. Desde principios de 2000, uno de los motivos de orgullo de
Boca era la expansión de su imagen en el nivel internacional,
su capacidad de inserción y captación de simpatizantes
en otros mercados a partir de sus logros deportivos.
Tales conquistas respondieron al esfuerzo, la lealtad
y al comportamiento ajustado a las reglas de juego. Todo ganado en buena
ley.
Ese mundo que supo descubrir y admirar a Boca hoy
se encuentra con una imagen patéticamente opuesta, ante una divisa
que rifó su reputación en una noche de inadmisible descontrol,
compartido por algunos jugadores, el técnico Jorge Benítez
y numerosos hinchas.
Boca se convirtió en un pésimo ejemplo,
en el peor embajador deportivo que el país puede encontrar por
estas horas. El reverso de los notables valores que actualmente transmite
Emanuel Ginóbili, que acompaña su clase y talento basquetbolísticos
con nobleza y sujeción a las normas verdaderamente intachables.
O del espíritu de grandeza que guió recientemente a Mariano
Puerta en Roland Garros, aun en la derrota, y en contraposición
con algunas conductas deplorables de otros tenistas argentinos. Y yendo
un poco más atrás en el tiempo, del fair play (juego limpio)
que profesó el director técnico Sergio Vigil al modificar,
en un partido internacional, un fallo incorrecto del árbitro
que beneficiaba a las Leonas. No es menor la responsabilidad de quienes
están a cargo de un equipo o un deportista. Benítez desprestigió
su investidura de entrenador al escupir a un jugador adversario. Su
actitud lo desacredita como conductor de las divisiones inferiores,
cargo que ejercía antes de asumir en la primera división.
¿Cuál es el mensaje formativo que puede
él inculcar a los más jóvenes con una conducta
tan irrespetuosa y degradante? Su relevo del puesto, noticia conocida
ayer, era la consecuencia lógica e impostergable en un equipo
de fútbol urgido por recobrar la cordura y el buen sentido del
mando.
Boca tampoco debería ampararse en las coartadas
de la "presión" o de las "pulsaciones a mil"
para ganarse el favor de las disculpas. Esas son condiciones que conciernen
a la alta competencia y mal podrían tomarse como atenuantes.
Son las que deberían alumbrar el temple, no el patoterismo.
Como entidad organizadora, Boca no estuvo a la altura
de la calificación de calidad y excelencia ISO 9001:2000, que
le fue otorgada por el Bureau Veritas Quality International en 2001
y recertificada este año. El ingreso de un hincha para agredir
a un futbolista de Chivas y la lluvia de proyectiles convirtieron a
la Bombonera en tierra de salvajismo, también expresado en la
agresión del jugador Marcelo Delgado a un policía.
El deporte debe ocupar en la sociedad un espacio
muy diferente del que se apoderó anteanoche. Deporte es superación
y ambición legítimas, no regresión y deslealtad.
No debe ser ámbito para propiciar los bajos
instintos ni puede convertirse en coto de caza de los violentos. Ese
partido no se puede perder bajo ningún punto de vista. Es un
desafío que no se debe descuidar ni dejar en manos de desvergonzados
o arteros. Esos que, conocidos como barrabravas, muchas veces apañados
por los dirigentes, arruinan con sus reyertas todos los fines de semana
del fútbol argentino y convierten en un riesgo para la vida concurrir
a un estadio deportivo.
El deporte en el siglo XXI es algo más
que un pasatiempo. Por eso, hay que preservarlo de aberraciones como
las ocurridas en la Bombonera.