5.000 kilómetros de pasión

Siempre se dice que Boca es la mitad más uno del país. Pero pocas veces se piensa que millones de integrantes de la hinchada más grande del país viven a cientos o miles de kilómetros de distancia de la Bombonera, el templo boquense. Así, esos millones de hinchas deben conformarse con seguir a la azul y oro, por tv, por radio o como sea. Pero están condenados al exilio boquense. Y a, en los mejores casos, viajar una o dos veces al año para participar del rito sagrado de alentar a Boca en la Bombonera.

El domingo 21 de marzo de 2010 fue un día muy triste para muchos de ellos, que juntan pesito por pesito para al menos estar presentes en el superclásico. Y el aguacero que cayó sobre Buenos Aires ese día los dejó sin su mayor cita futbolera del año. Cientos de colectivos llegaron de diferentes lugares del país para alentar al xeneize ese día. Pero la lluvia les mojó la oreja. Los empapó en las largas colas que hicieron para entrar a la Bombonera y los amargó con la suspensión del partido a los 9 minutos del primer tiempo.

Esa decisión de Baldassi fue el fin del sueño para miles de hinchas del interior. Ese domingo en la Bombonera había hinchas llegados hasta de Usuahia. Muchos debían emprender el largo camino de retorno a casa con las manos vacías. Claro, hay que ganarse el mango y había que cumplir con las obligaciones laborales.

Es cierto, hubo casos dispares. Algunos –los más afortunados- se dieron el lujo de permanecer en Buenos Aires toda la semana. Pero otros tuvieron que regresar a origen sin cumplir el sueño de ver otra vez a Boca vencedor en el clásico más apasionante del mundo.

Pero hubo un caso particular. Alguien que recorrió 1250 kilómetros para llegar a Buenos Aires el sábado 20 de marzo, en la previa del superclásico. Y que el lunes 22 se volvió a su Neuquén para cumplir con obligaciones laborales y familiares. La ilusión de estar en el lugar indicado, a la hora señalada, se diluía con aquella feroz lluvia caída el domingo. Pero la pasión por Boca puede más. Y luego de acomodar un par de cosas en su ciudad, el miércoles por la mañana el sueño volvió a tomar forma. A las 18.50 del miércoles 24 se tomó un micro para recorrer otra vez los 1250 kilómetros que lo separan de la Bombonera. Llegó a Buenos Aires a las diez de la mañana del jueves 25. Y unos minutos después del mediodía rumbeó hacia la Bombonera. Luego disfrutó con otra apoteótica tarde, allá arriba, en el anonimato de la segunda bandeja que da al Riachuelo. Allí compartió comentarios y abrazos de gol con otros anónimos compañeros de tribuna. Y a las 18.30 se despidió de la Bombonera vaya uno a saber hasta cuando.

Esta fue la vivencia de Diego Lores, el titular de este sitio web. El neuquino que recorrió 5000 kilómetros de pasión para estar junto a su Boca Juniors querido.


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