A los 43 años, Carlos Fernando Navarro Montoya
anunció su retiro del fútbol. El Mono no fue un
arquero más. Fue un símbolo de toda una época
de Boca Juniors y del fútbol argentino.
Llegó al club en el invierno de 1988, procedente de Vélez
Sársfield, para disputarle el puesto a su ídolo,
Hugo Orlando Gatti. Y rápidamente se quedó con la
titularidad, ya que José Omar Pastoriza, por aquel entonces
técnico xeneize, le dio la titularidad en la segunda fecha
del Campeonato 1988-89. Se terminó así el ciclo
del popular Loco y comenzó la era de Navarro Montoya, que
duraría nada más y nada menos que 8 años.
Su debut no pudo ser mejor. Fue el 18 de septiembre ante River
y en el Monumental. El xeneize se impuso por 2 a 0, con goles
de Walter Osvaldo Perazzo y Alfredo Oscar Graciani.
En 1989 obtuvo su primer título en Boca. Fue la Supercopa
de ese año. Las dos finales ante Independiente terminaron
0 a 0 y el Mono fue decisivo en la definición por penales,
conteniendo el remate de Luis Fabián Artime. Y en marzo
de 1990 llegó la segunda consagración: fue la Recopa
Sudamericana, victoria 1 a 0 sobre Atlético Nacional de
Medellín, en Miami.
En 1991, Navarro Montoya aclanzó un excelente nivel, y
fue parte de un equipo brillante que ganó el Clausura 1991.
Pero la alegría no fue completa por la derrota ante el
Newell´s de Bielsa en las finales de la Temporada.
El Mono tuvo que esparar hasta 1992 para poder dar la vuelta
olímpica con el xeneize a nivel local. Fue en el Apertura
de ese año. Y Navarro Montoya tuvo una participación
decisiva, conteniéndole un penal a Hernán Edgardo
Díaz en el superclásico, que le permitió
al xeneize quedarse con dos puntos decisivos. Además, en
ese Torneo, el Mono estableció un récord de 825
minutos con el arco invicto, en la que aún hoy es la mejor
marca de la historia del club. Así, el Mono cumplió
su sueño y el xeneize gritó campeón luego
de 11 años. Ese año también participó
de la obtención de la Copa Máster y al año
siguiente, de la Copa de Oro Sudamericana.
El año 1994 lo encontró otra vez en excelente nivel
y era unánimemente considerado como el mejor arquero del
fútbol argentino. Su alto rendimiento merecía una
oportunidad en la Selección que disputaría el Mundial
de Estados Unidos. Pero en su juventud había defendido
los colores de la selección colombiana y eso le impidió
cumplir su otro sueño: lucir el buzo de Argentina.
Como referente casi permanente del plantel xeneize durante varios
años, tuvo varios cruces con el por entonces vicepresidente
de la institución, Carlos Salomón Heller. Todo parecía
llegar a su fin con el desembarco de Mauricio Macri en el club.
Pero junto con este llegó Carlos Salvador Bilardo a la
dirección técnica. Y Navarro Montoya, un menottista
de toda la vida, jamás se sintió cómodo con
el Narigón.
Así fue que llegó el fin de su ciclo boquense.
El 17 de noviembre de 1996 jugó su último partido
en Boca, en una dura derrota, 3 a 1 ante Banfield en el Sur.
Luego se convirtió en un trotamundos y vistió 11
camisetas: Extremadura, Mérida y Tenerife de España,
Deportes Concepción de Chile, Chacarita, Independiente,
Gimnasia, Paranaense de Brasil, Chicago y Olimpo. Su último
club fue el Tacuarembó de Uruguay.
Pero el Mono siempre fue de Boca, y más allá de
haber lucido 15 camisetas, su apellido siempre estuvo relacionado
con el xeneize. No en vano defendió el arco de Boca en
nada más y nada menos que en 400 partidos. No en vano fue
para muchos el mejor arquero argentino durante la década
del 90. Adiós y gracias, Mono...
Por Diego Lores
loresdiego@estoesboca.com.ar