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Razones puramente
deportivas ya determinaron que Boca no disputará la próxima
Copa Libertadores.
Por esa vía, de manera indirecta, se hará
justicia con los gravísimos incidentes de anteanoche, ya que por
lo vivido en la Bombonera se justifica que Boca tenga un año en
blanco para poner las barbas en remojo y hacer un profundo examen de conciencia.
Se trata de una situación de la que el deporte
argentino en general tampoco debería desentenderse, sino tomar
las enseñanzas del caso para devolver a las competencias a sus
cauces naturales, esos que sólo enfrentan y miden capacidades físicas,
técnicas y anímicas. Y que merecen ser disfrutadas desde
una tribuna, sin histerias ni desbordes pasionales.
No está bien que el fútbol siempre dé
revancha, sobre todo cuando se pierden la dignidad y el decoro, un capital
que siempre será más importante que un circunstancial resultado.
Desde principios de 2000, uno de los motivos de orgullo de Boca era la
expansión de su imagen en el nivel internacional, su capacidad
de inserción y captación de simpatizantes en otros mercados
a partir de sus logros deportivos.
Tales conquistas respondieron al esfuerzo, la lealtad
y al comportamiento ajustado a las reglas de juego. Todo ganado en buena
ley.
Ese mundo que supo descubrir y admirar a Boca hoy se
encuentra con una imagen patéticamente opuesta, ante una divisa
que rifó su reputación en una noche de inadmisible descontrol,
compartido por algunos jugadores, el técnico Jorge Benítez
y numerosos hinchas.
Boca se convirtió en un pésimo ejemplo,
en el peor embajador deportivo que el país puede encontrar por
estas horas. El reverso de los notables valores que actualmente transmite
Emanuel Ginóbili, que acompaña su clase y talento basquetbolísticos
con nobleza y sujeción a las normas verdaderamente intachables.
O del espíritu de grandeza que guió recientemente a Mariano
Puerta en Roland Garros, aun en la derrota, y en contraposición
con algunas conductas deplorables de otros tenistas argentinos. Y yendo
un poco más atrás en el tiempo, del fair play (juego limpio)
que profesó el director técnico Sergio Vigil al modificar,
en un partido internacional, un fallo incorrecto del árbitro que
beneficiaba a las Leonas. No es menor la responsabilidad de quienes están
a cargo de un equipo o un deportista. Benítez desprestigió
su investidura de entrenador al escupir a un jugador adversario. Su actitud
lo desacredita como conductor de las divisiones inferiores, cargo que
ejercía antes de asumir en la primera división.
¿Cuál es el mensaje formativo que puede
él inculcar a los más jóvenes con una conducta tan
irrespetuosa y degradante? Su relevo del puesto, noticia conocida ayer,
era la consecuencia lógica e impostergable en un equipo de fútbol
urgido por recobrar la cordura y el buen sentido del mando.
Boca tampoco debería ampararse en las coartadas
de la "presión" o de las "pulsaciones a mil"
para ganarse el favor de las disculpas. Esas son condiciones que conciernen
a la alta competencia y mal podrían tomarse como atenuantes. Son
las que deberían alumbrar el temple, no el patoterismo.
Como entidad organizadora, Boca no estuvo a la altura
de la calificación de calidad y excelencia ISO 9001:2000, que le
fue otorgada por el Bureau Veritas Quality International en 2001 y recertificada
este año. El ingreso de un hincha para agredir a un futbolista
de Chivas y la lluvia de proyectiles convirtieron a la Bombonera en tierra
de salvajismo, también expresado en la agresión del jugador
Marcelo Delgado a un policía.
El deporte debe ocupar en la sociedad un espacio muy
diferente del que se apoderó anteanoche. Deporte es superación
y ambición legítimas, no regresión y deslealtad.
No debe ser ámbito para propiciar los bajos
instintos ni puede convertirse en coto de caza de los violentos. Ese partido
no se puede perder bajo ningún punto de vista. Es un desafío
que no se debe descuidar ni dejar en manos de desvergonzados o arteros.
Esos que, conocidos como barrabravas, muchas veces apañados por
los dirigentes, arruinan con sus reyertas todos los fines de semana del
fútbol argentino y convierten en un riesgo para la vida concurrir
a un estadio deportivo.
El deporte en el siglo XXI es algo más
que un pasatiempo. Por eso, hay que preservarlo de aberraciones como las
ocurridas en la Bombonera.
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