A falta
de Tevez, el jugador que daba las mejores soluciones, Boca recuperó
lo que en los últimos años lo hizo grande, gigante,
en distintas circunstancias y ante los más diversos rivales:
el factor equipo, el espíritu colectivo, la fortaleza mental
y el convencimiento en su juego para someter al contrario. Fue
un clásico de opuestos, de imágenes contrastantes,
de equipos parados en veredas distintas. Mejor dicho, en planetas
diferentes, porque fue abismal la brecha que distanció
a los dos conjuntos. Ambos llegaban con algunas bajas de peso
y funcionamientos inestables, pero sólo Boca salió
adelante golpeándose el pecho, entero, con una autoridad
de líder que se había atenuado en las últimas
dos fechas.
En el otro polo quedó River, muy herido,
inerme ante la superioridad de Boca, que lo zamarreó a
gusto y cuantas veces quiso. Resultó un clásico
muy diáfano para radiografiar, sin zonas grises ni situaciones
controvertidas que podrían desviar el foco del análisis:
hubo un equipo que impuso condiciones y otro en estado ruinoso,
en lo futbolístico, lo físico y lo anímico.
El desplome de River, que tuvo muchos puntos en contacto con su
decepcionante segundo semestre en general, incrementó el
desafecto de su hinchada hasta el punto de que la crisis va en
vías de guillotinar algunas cabezas responsables. Salvo
Costanzo, eximido por jugarse la humanidad a los pies rivales
en más de una oportunidad, el resto hace fila para pasar
por el banquillo.
Boca volvió a ser una fuerza compacta,
granítica por donde se la mire. Que tuvo en Iarley a su
mejor pieza futbolística, la más inspirada, la más
desequilibrante. El brasileño, que estaba bajo sospecha
por cierta liviandad, se redimió con una actuación
determinante, que dejó huella en el armado y en la definición
de las jugadas.
La impresión de que River podía
plantear un choque de igual a igual no duró más
que los 15 minutos iniciales. En ese lapso tuvo cierto control
de la pelota en el medio y hasta parecía contagiarse de
la actitud positiva de Rojas, que con algunos enganches y un par
de quites insinuaba con ratificar que era un jugador de clásico,
en consonancia con aquella célebre emboquillada en la Bombonera.
Fue todo un espejismo: la postura de River y la consistencia del
lateral.
Boca calentó motores y condujo el encuentro
a puerto seguro. No lamentó la pronta salida de Barijho,
porque Colautti se integró bien al circuito, hasta con
más ductilidad y participación que el Chipi. Con
las dos líneas de cuatro, el puntero ahogaba la timidez
de River y a partir de allí movió la pelota con
precisión y panorama para abrir el frente de ataque. Hubo
una imagen que se empezó a repetir: los hombres de Boca
llegaban un segundo antes, se quedaban con todas las pelotas,
sueltas o disputadas, marcaban un ritmo que su rival padecía
por su lentitud y estatismo, con Coudet como peor exponente.
River no ponía diques por ningún
lado y Boca se le venía por los costados y por el medio.
Si algún lunar se le puede encontrar al líder es
que no desterró por completo su falta de eficacia en el
área. Porque convirtió en una proporción
mínima a las situaciones que creó. Sólo por
eso no goleó. Battaglia, con un cabezazo cruzado, abrió
el marcador. Las entradas de Montenegro y del lesionado Lucho
González no sacaron a River del pozo. Boca no tardó
en definir el pleito, con la guapeada de Iarley para robarle la
pelota a Rojas y definir cuando parecía que se complicaba
con un enganche de más.
Con la tranquilidad de la ventaja, Boca reguló
a gusto, sin soltar las riendas ni abandonar una supremacía
insultante para River. En definitiva, el puntero retomó
el papel de verdugo que tanto frecuentó en los últimos
clásicos. Y lo hizo en un momento en el que lo empezaban
a cercar algunas dudas. Como para demostrar que puede cuidar y
sacarle lustre a la punta aun sin la estrella de Tevez.
Las claves
El dominio de Boca
Bien estructurado en todas sus líneas,
el puntero bloqueó a River y manejó la pelota con
buen criterio. Impuso condiciones en juego y ritmo.
Iarley, determinante
Escurridizo, con mucha movilidad, el brasileño
fue una pesadilla para toda la defensa de River. Jugó,
hizo jugar y saldó la deuda del gol.
River desconcertado
Se quedó muy pronto sin respuestas.
Se vio superado en el juego y el despliegue. Y con la excepción
de Costanzo, fracasó también en lo individual.
No extraño a Tevez
Boca aprobó un examen importante al
hacer un muy buen partido sin Tevez, la figura del torneo. Salió
adelante por su capacidad colectiva.
EL DATO
Amplió la ventaja
Con el triunfo de ayer, los xeneizes estiraron
su dominio en el historial del clásico, que los muestra
arriba con 64 victorias y 57 derrotas. River no gana como local
desde 1999.
Fuente: Diario
La Nación. |